¿Tiene cura el Autismo?

 

En varias ocasiones he escuchado aquello de “era autista pero ya no lo es” o “era autista pero se ha curado gracias al tratamiento que ha recibido”. Y esto siempre me parecía un tanto extraño. Pienso que el autismo es un saco roto, una etiqueta que se adjudica con bastante rapidez en cuanto se juntan varias características, como dificultades para establecer relaciones con iguales, para establecer contacto ocular, conductas obsesivas, etc. Con poco más he visto “diagnósticos” de TEA (Trastorno del Espectro Autista), como suele pasar con el TDAH, tan famoso que no hace falta decir qué significan sus iniciales.

 

Como no lograba comprender aquello, investigué, leí y entendí. Encontré de entre todos los libros y artículos, uno especialmente genial porque daba justo en la diana: “Autismos que se curan”, de Josep Artigas Pallarés e Isabel Paula-Pérez (ver fuente). A continuación voy a intentar hacer un resumen de sus palabras, copiando literalmente algunos párrafos que no sé expresar mejor. Recomiendo leer el artículo original.  

 

Los estudios del genoma (WGAS) han confirmado que el autismo es un trastorno de origen genético. Pero es importante recordar que la genética influye tanto en los síntomas como en la trayectoria evolutiva. Desde una perspectiva global, podemos clasificar tres tipos de autismos:

 

El autismo sindrómico o autismo secundario, que incluye enfermedades con una etiología específica: genética, metabólica, malformativa, tóxica o infecciosa.

El autismo de patrón genético de enfermedad frecuente/variantes raras, que conlleva la identificación de variantes genéticas.

El autismo de patrón genético de enfermedad frecuente/variantes frecuentes, con variantes genéticas diferentes al grupo anterior y con fenotipo es más amplio (*).

 

“Debido a que el autismo no se ajusta al modelo médico de enfermedad-curación”, muchos investigadores prefieren hablar de la recuperación del autismo. “La recuperación, aparente o real, se puede explicar por un diagnóstico inicial incorrecto o inexacto, por la intervención terapéutica o por el patrón evolutivo vinculado a la maduración cerebral. Dada la ambigüedad, sutileza o atipicidad de la sintomatología inicial, el diagnóstico temprano del autismo conlleva un margen de error”.

 

Se han llevado a cabo diferentes trabajos acerca de los efectos de las terapias en personas con autismo. Parece ser que la intervención precoz no correlaciona con la evolución y que resulta un error explicar la mejoría del niño exclusivamente por la terapia, ignorando otras interacciones ambientales. Y es que sí hay investigaciones que hablan de recuperación del autismo. Sigman y Ruskin compararon la evolución de un grupo de personas con Síndrome de Down y un grupo de personas con autismo. Los resultados fueron que, mientras las personas con Síndrome de Down mostraban un curso evolutivo estable, las personas con autismo mostraban “una clara evolución positiva de todos los síntomas”. Los estudios de Zapella fueron concretando los resultados, y en ellos identifica una serie de variables específicas asociadas a la recuperación, como son: predominio de sexo masculino, regresión antes del segundo año, tics múltiples –simples y complejos, motores y vocales- y una historia familiar de tics. Este grupo de niños mostró una buena recuperación alrededor de los 5-6 años, con persistencia de ciertos síntomas como tics, TDAH, síntomas obsesivos o dislexia. A día de hoy, diferentes estudios coinciden en que hay características del autismo predictivas de una evolución favorable, que son: (1) buen desarrollo del lenguaje (capacidad de construir frases con valor comunicativo antes de los 6 años) y (2) un cociente de inteligencia normal. Aunque hay autores que dicen que lo que determina la evolución son las comorbilidades, como ansiedad, TDAH y/o depresión. En general, los casos de evolución óptima, una vez superada la fase crítica, suelen ajustarse al fenotipo ampliado (*).

 

“Dado que las etiologías del autismo son múltiples y complejas, los niveles de afectación y los síntomas asociados son muy variables, no debe sorprender la diversidad en el curso natural”. Un amplio grupo de niños diagnosticados de autismo,  “desarrollará una inteligencia normal que se puede intuir a los 5-6 años, (…) la adaptación social irá mejorando, pero es común que, a lo largo de su vida sea su principal problema”.

 

Lo más importante es tener en cuenta que la evolución de un niño es difícil de predecir con exactitud, puesto que la plasticidad cerebral hace maravillas. No hay que subestimar el potencial de un niño, pero también es importante partir de la realidad, identificar los puntos fuertes y los débiles nos ayuda a adecuar el tratamiento al individuo -y no al diagnóstico. La estimulación siempre será importante, pero hay que tener en cuenta que “estimulación” es todo: hablar, reír, jugar, saltar, comer, ducharse, ¡todo! Y para terminar, decir que coincido plenamente con Howlin: “el tratamiento no debe exigir un gran sacrificio en términos de tiempo, dinero o cualquier otro aspecto de la vida familiar, sino que debe beneficiar a todos los miembros involucrados”.

 

 

FUENTE:

Autismos que se “curan”, Josep Artigas Pallarés, Isabel Paula-Pérez. Rev Neurol 2016; 62 (Supl 1): S41-S47. www.neurologia.com

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